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Cartas a la hija
Madame de Sévigné

Traducción y selección de Laura Freixas
216 páginas  17,50 euros
ISBN: 978-84-18838-41-5

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Las cartas que madame de Sévigné escribió a la condesa de Grignan, su hija, han pasado a la historia por ser una cima absoluta de la literatura epistolar, aún más, de la literatura amorosa. En efecto, la marquesa de Sévigné, viuda de un vividor, vuelca en su hija recién casada un amor filial complejo y anhelante, hasta descubrir –alarmada, por más que Sévigné no sea ninguna beata– que la ama más que a Dios.
Figura destacada en la brillante corte de Luis XIV, ese Grand Siècle en el que coincidieron los espíritus más ingeniosos, esta salonnière, amiga íntima de madame de La Fayette y de François de La Rochefoucauld, brilla por su inteligencia, su ironía, sus pullas y la frescura y gracia de su estilo, por su prosa espontánea y zigzagueante como una conversación.
Las modas, los embarazos que enferman a las mujeres, la querella de los antiguos y los modernos, las murmuraciones de la corte o la fugacidad de la vida, todo lo abarca esta mujer imparable en la vida pública de su tiempo que posee las virtudes analíticas de una psicóloga, el apasionamiento de una novelista y la sagacidad de una filósofa.
De las más de mil cartas que se conservan de madame de Sévigné, la escritora Laura Freixas ha seleccionado y traducido aquellas donde brillan su radical modernidad y la viveza de su estilo, que admiraron, entre otros, Virginia Woolf o Marcel Proust.


«Para conocer el Grand Siècle son sabrosamente interesantes algunos observadores que no fueron, en sentido estricto, escritores, por cuanto no pensaron que se publicarían sus escritos, al menos durante sus vidas. […] Pero el mirador sobre esa época más atractivo para la nuestra es el epistolario de madame de Sévigné: de las mil cien cartas conservadas, cerca de ochocientas van dirigidas a su hija, madame de Grignan. No tenemos las respuestas, con lo cual se nos queda en el aire el vehemente afecto de aquella madre –excesivo, acaso, según reconocía ella misma, aceptando los reproches de sus confesores–: no podemos medir cuánto había de diálogo o de monólogo en aquella correspondencia, durante un cuarto de siglo, sólo interrumpida por épocas de convivencia, hasta su muerte. Además, madame de Sévigné, también admirable en sus cartas a otros grandes amateurs de la literatura […], pronto empieza a saber que sus cartas se copian y circulan: cuando su hija elogia su estilo, poniéndolo a la altura de Voiture y de Nicole –¿quién los lee hoy?–, ella se alarma y teme verse de repente «impresa por la traición» de uno de sus amigos. […] Consigue un tono contenido dentro de la cordialidad, refrenando toda pasión con ironía y melancolía; sin pretensiones de moralista, reconoce muy bien la frivolidad de la vida aristocrática. […] Por supuesto, anota satisfecha que ha ido a «hacer su corte» y cita las frases que intercambia con el rey en el estreno de la Esther de Racine, pero nunca la abandona su conciencia de la vanidad del mundo, que, en las polémicas de entonces, la sitúa a favor de Port-Royal y en contra de los jesuitas. […] Madame de Sévigné tiene sensibilidad para el paisaje, para la comicidad de la vida de los grandes, los cordons bleus; pero, por encima de todo, pesa la conciencia de la fugacidad del tiempo.»
José María Valverde, Historia de la literatura universal


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